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Ante el amanecer de la civilizacion del siglo XXI

La superación de la agonía de Fausto

(A continuación se transcribe la conferencia del presidente de la SGI, Daisaku Ikeda, presentada en el Ateneo de Santander, ciudad homónima, España, el 26 de junio de 1995.)

Me siento profundamente honrado por esta oportunidad que se me brinda de exponer mis reflexiones ante el Ateneo de Santander, dignísimo foro que enorgullece a España por el calibre de su pura fragua intelectual. Quisiera expresar mi fiel gratitud al señor presidente, don Segundo López Vélez, y a todos sus distinguidos asociados, por haberme hecho llegar tan grata invitación. Muchísimas gracias.

El siglo XXI está a cinco años de distancia. Ante su arribo inminente, no hay modo de negar que el mundo se encuentra embebido en el tinte del caos. Cuando el comunismo se desmoronó, creímos escuchar el jubiloso tañido de las campanas con que se abriría el telón de la escena democrática. Mas bastaron unos pocos años para que el horizonte se cubriera de sombras. Es ésta una época oscurecida por la cerrazón de fin de siglo: aquí, luchas interminables encendidas por la yesca de los conflictos étnicos y religiosos; allá, el riesgo de que la cultura y la civilización --la mismísima paleta que da color indispensable a la condición humana-- terminen por ser fogoneras de enfrentamientos y de luchas armadas. En contra de todo lo que podíamos haber deseado y previsto, el desmembramiento estructural que desató el fin de la "guerra fría" ha despertado en nosotros la sensación de estar ante el caótico contenido de la caja de Pandora, revuelto y disperso ante nuestros ojos.

En el encuadre de realidad que nos marca la corriente de la época, ¿cuál sería la perspectiva necesaria para crear una nueva civilización en el siglo venidero?

Es pertinente pensar que la civilización de la próxima centuria no debería concebirse como una extensión de la realidad industrial y tecnológica que impera actualmente. Tal parece que, hoy, la mayor polémica gira en torno de esta postura. Ya que, si la moderna civilización industrial --caracterizada por la producción masiva, el consumo generalizado y la abundancia de desechos lesivos del ambiente-- prosiguiera su marcha al ritmo que hoy lleva, tarde o temprano la mismísima sociedad humana se lanzaría de bruces a la hecatombe, como nadie se atrevería a negar.

En la "Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo", que se celebró hace tres años en Río de Janeiro, se planteó la opción del "desarrollo sostenible", en cuya dirección los países convinieron en orientar los esfuerzos. Sea como fuere, para avanzar sobre las bases sentadas en dicha conferencia, nos hallamos ante la imperiosa necesidad de sumar y de concentrar una sabiduría colectiva de carácter excepcional, capaz de trascender las fronteras.

Al mismo tiempo, desde mi perspectiva como practicante del budismo, quisiera señalar un desafío esencial que la humanidad tiene por delante y que consiste en enfocar el haz de nuestra mirada sobre el ethos de la civilización moderna, inspirada y centrada en Europa occidental. La esclerosis que acusan los tiempos es tan pronunciada, que será difícil hallar una salida a menos que hagamos incidir una luz intensa sobre esta asignatura, capaz de penetrar hasta su más honda raíz.

Ante tamaño desafío histórico, no puedo evitar que acudan a mi mente, grávidas de significación, las palabras de una figura prominente de su país, el profesor Luis Diez del Co­rral. Cuando visitó el Japón, hace más de tres décadas, como miembro de una delegación cultural, sus conferencias e intervenciones dejaron allí un recuerdo indeleble.

¿Qué había vislumbrado Diez del Corral en el ethos de la civilización moderna? Un nuevo sentimiento de la dignidad humana, una confianza insospechada del hombre en sus propias fuerzas, un señorío efectivo sobre su morada terrestre.(1) Se trata, realmente, de una "exaltación del yo" como la que hallamos en el Fausto de Goethe. La quintaesencia del espíritu moderno busca febrilmente el conocimiento, emprende la acción, va por el afán de dominio con abierta avidez; de tal suerte, la cultura de la Europa moderna arrasó al mundo con este ímpetu emprendedor, como si la impulsara el rugiente motor de la historia. Huelga decir que este aspecto constituye la faz luminosa del ethos de la civilización moderna; con todo, aunque nos pese, hay que dirigir también la mirada sobre su inevitable estela de sombras.

De hecho, las limitaciones y atolladeros de ese ethos son comparables a la situación de aquel Fausto que atravesaba "un serio purgatorio, desgarradas sus entrañas".(2)

¿Por qué ha llamado mi atención este enfoque histórico? Pues porque su modo de situar y de concebir la civilización moderna, además de guardar sólida coherencia con el espíritu de los tiempos, ha sido magistralmente dialéctico.

Tal como lo ilustra el desbocado crecimiento de las sectas en los países industrializados, cuanto más oscura es la atmósfera que se cierne sobre el fin de siglo, más tiende la visión de los hombres a tomar distancia del modernismo y más contraria se vuelve a la época. Justamente por eso, resulta doblemente importante concebir la historia desde un enfoque dialéctico, que pueda discernir la luz y la sombra, lo positi­vo y lo negativo de la civilización moderna, de tal forma de hacer surgir, en el ascenso de la síntesis, los aspectos luminosos y positivos que constituyen el legado correcto.

Si, desde esta perspectiva, considerásemos lo expuesto hasta aquí, veríamos con asombrosa nitidez cuál es la herencia de la civilización moderna que deberíamos atesorar. Consiste en una cualidad universal de la naturaleza humana, inmutable a lo largo de las épocas, que cabría expresar como progreso y creatividad, desafío y espíritu precursor, voluntad y disposición activa. Estas virtudes son la manifestación volitiva y dinámica de la vida humana, que, así como se renueva a sí misma, envuelve en su cambio al entorno, mediante el influjo y el contacto recíproco que celebra, día a día, con la sociedad y la naturaleza. Creo que estas cualidades desempeñarán, infaliblemente, una función decisiva a la hora de construir el ethos de la civilización del siglo XXI.

Frente a este legado, surge una necesidad irrecusable: ¿cómo rectificar los desvíos negativos y umbrosos de la civilización moderna?

Si se me permite, quisiera compartir una impresión consolidada en la larga experiencia: creo que la herencia espiritual acumulada a lo largo de la milenaria historia del budismo propiciará enormemente el tratamiento de los problemas que irán del brazo con la civilización del siglo XXI. Considerado lo antedicho, deseo aportar mis observaciones personales sobre tres perspectivas humanas: primero, la disciplina nacida en la determinación autónoma; segundo, la convivencia armoniosa; tercero, el cultivo de la propia vida.

¿No podría decirse, con justeza, que el sentido autónomo de la disciplina es el primer punto que pende resolver en la civilización moderna? La angustia de Fausto es una tragedia en pos de un dominio de sí mismo que nunca llega a alcanzar. Presuntuoso e intrépido, Fausto acomete y avanza. Citemos sus propias palabras: "...dilatar así mi propio yo hasta el suyo [--el de toda la humanidad--] y, al fin, como ella misma, estrellarme también".(3). Pero, irremediablemente, el precio que debe pagar por redimir su arrogancia --disfrazada de "autodisciplina"-- es la ceguera y la muerte.

Mientras que Fausto representó un verdadero pathos de contenido arquetípicamente trágico, Ortega y Gasset --el prominente filósofo que ha blasonado la historia del pensamiento español--, ya en el siglo XX, hendió una flecha certera en un aspecto de la realidad que él supo diagnosticar mejor que nadie: el aturdido deambular del hombre en un caos de movimientos sin propósito, capaz de hacerlo todo pero incapaz de brindarse a sí mismo un marco de control a sus deseos y a su conducta. Ortega afirma: "Domina todas las cosas, pero no es dueño de sí mismo. Se siente perdido en su propia abundancia. Con más medios, más saber, más técnicas que nunca, resulta que el mundo actual va como el más desdichado que haya habido: puramente a la deriva".(4).

Han transcurrido más de cincuenta años desde que Ortega y Gasset analizó la realidad con la criba de su lúcido pensamiento. Y, no obstante, la situación no ha mostrado, en tal sentido, siquiera un ligero asomo de mejoría. La civilización moderna --que cantó loas a la iberación de las heteronomías y que defendió a ultranza a la emancipación de los yugos religiosos-- desembarcó en el siglo XX arrojándose a los brazos de otras autoridades "pseudorreligiosas" como el fascismo y el comunismo, que ejercieron su poder con violencia desembozada. Y no puedo sustraerme a la tentación de ver, en este desplazamiento, una inmensa ironía de la humanidad.

Como obra en conocimiento de todos ustedes, el budismo concede un sitio de privilegio a ciertos estados de la psiquis humana, como la tranquilidad, el esclarecimiento o iluminación, y la concentración contemplativa. Más allá de los escollos que nos presente la tarea de establecer un léxico preciso, en realidad estas cualidades se refieren al modo en que el ser humano logra disciplinar y encauzar su mundo interior. Lo que quiero recalcar aquí, por constituir el punto cardinal del pensamiento budista, es que la disciplina de la propia vida motivada en la determinación autónoma precede a toda otra práctica o actividad, de tal suerte que, sin ella, toda contienda por la transformación se convierte en una quimera.

En efecto, al recorrer las escrituras budistas hallamos una extensa lista de frases que lo ilustran con acierto: "Según aconseja a los demás, debe él mismo actuar. Bien controlado él mismo, puede guiar a los otros. Verdaderamente es difícil controlarse a uno mismo"(5). Otra enseña: "Más grande que la conquista en batalla de mil veces mil hombres es la conquista de uno mismo"(6).

En una palabra, la miríada de fragmentos budistas que uno pudiera citar, como los que acabo de traer a su atención, tienen el propósito de exhortarnos a adquirir una disciplina del sí mismo basada en la motivación interna. Sin embargo, ese cauce de los propios deseos y de la conducta se diferencia del ethos de la civilización moderna que quiso acabar con el yugo heterónomo de la fascinación religiosa. Pese a que ambas comparten la aspiración a consolidar el yo, el budismo expone un enfoque de la "autodeterminación" claramente distinto de la confianza "fáustica" en el sí mismo.

Esta visión consiste en la trama conceptual trazada por Shakyamuni, especialmente en los últimos años de su vida, que se apoya en la "devoción a sí mismo" (ji-kie, en japonés) y en la "devoción a la Ley" (ho-kie, en japonés). Específicamente, estas fueron sus exhortaciones: "Por lo tanto, Ananda, sé tu propia isla, sé tu propio refugio y no busques otro refugio externo; toma la ley como tu propia isla, toma la ley como tu propio refugio y no busques otro refugio externo".(7)

El gobernarse a sí mismo significa tomarse a sí mismo como base y edificar un yo inamovible, tan sólidamente construido que sea capaz de permanecer imperturbable ante la fluctuación de los fenómenos externos. Para construir ese "yo inamovible", se toma como fundamento a la Ley, se descarta toda visión arraigada en el egoísmo y se refuta la propia arrogancia que conduce a uno a considerarse un ser único y supremo. Aquí se ve cómo el marco conceptual de la "devoción a sí mismo" y la "devoción a la Ley" torna posible un auténtico dominio de la propia vida, cimentado en la determinación autónoma...

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Notas

(1) Véase DIEZ DEL CORRAL, Luis: El rapto de Europa, Revista de Occidente, Madrid, 1961, pág. 286.
(2) DIEZ DEL CORRAL, Luis: El rapto de Europa, Revista de Occidente, Madrid, 1961, pág. 334.
(3) GOETHE, Johann W.: Obras Completas, "Fausto", Ediciones Aguilar, Madrid, 1987, pág. 1321.
(4) ORTEGA Y GASSET, José: Obras Completas, "La rebelión de las masas", Tomo IV, Revista de Occidente, Madrid, 1957, pág. 168.
(5) CALLE, Ramiro (traductor): Dhammapada, Editorial Edaf, Madrid, 1994, pág. 49.
(6) Ib. pág. 37.
(7) Véase RUY, Raúl A.: El libro de la gran extinción de Gotama El Buda --o sea el Maha Parinibbana Suttanta del Digha-Nikaya--, Librería Hachette, S.A., Argentina, 1975, pág. 52-53.
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