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Ante el amanecer de la civilizacion del siglo XXI (viene de la página anterior)
...Quiero subrayar el hecho de que dicha Ley ha sido expuesta como una entidad inherente a la vida humana. Dado que existe en la vida en forma intrínseca, el hecho de que se manifieste como función depende exclusivamente de que el hombre sea capaz de tomar conciencia de ello. La palabra "buda" significa "El iluminado" y se aplica a cualquier persona que ha desarrollado esta toma de conciencia hasta asumirla en su máxima expresión. Tan así es, que "asumir esta conciencia" [de la relación inherente con la Ley] es, prácticamente, sinónimo de la disciplina del sí mismo.
Por lo tanto, la mayor aflicción de un buda, de un grandioso hombre iluminado, es cómo hacer posible que un ser humano cargado de innumerables ilusiones tome conciencia de que la Ley existe en sí mismo en forma inherente. Y, aun cuando ello fuese posible, cómo hacer para que ese hombre mantenga tal conciencia en medio del furioso batir de olas que lo embiste en su vida real. He aquí el nudo del problema. Precisamente por esta razón y por tener una suprema conciencia religiosa, tanto Shakyamuni como Nichiren --nacido en Japón durante el siglo XIII-- se preguntaron una y otra vez cuál sería la mejor forma de transmitir y difundir la Ley entre el pueblo.
Llegar a tomar conciencia de que la Ley existe en la vida en forma inherente es, en verdad, una intrincada cuestión, de importancia histórica para la humanidad. Sin embargo, una vez que la Ley se exterioriza y que el hombre se aparta del aspecto esencial --su entidad intrínseca--, retorna al imperio de la norma heterónoma, puesta afuera del hombre y concebida como algo que le es ajeno. En tal caso, el género humano se cierra a sí mismo el camino hacia el dominio de su ser y hacia la determinación autónoma de su propia vida. Cuando se le adjudica a la Ley la dimensión de categoría externa al hombre, es fácil que ésta sea aprovechada por los religiosos y por las autoridades encumbradas en el poder, para rebajar al ser humano hasta la virtual esclavitud; baste, para comprobarlo, con rastrear el derrotero teñido de sangre que ha dejado tanta intolerancia religiosa.
De allí que, por compartir las mismas aspiraciones en lo que concierne a las normas inherentes y al dominio de la propia vida, aplaudo desde lo más hondo del corazón las palabras del excelso filólogo de su país, don Ramón Menéndez Pidal, quien describió así la virtud de la vena espiritual hispánica:
El español, duro para soportar privaciones, lleva dentro de sí el sustine et abstine, "resiste firme y abstente fuerte", norma de la sabiduría que coloca al hombre por encima de toda adversidad; lleva en sí un particular estoicismo instintivo y elemental; es un senequista innato.(8)
En segundo lugar, quiero abordar otro eje conceptual: el de la convivencia armoniosa, que se refiere, en verdad, a la posibilidad de la existencia concomitante.
En el monólogo del primer acto de la Tragedia, Goethe pone en boca de Fausto una célebre exclamación: "¡Cómo todo se entreteje en el todo y lo uno obra y vive en el otro!"
Lo que palpita en esta anchurosa frase es una concepción de la vida, según la cual todos los fenómenos del universo natural, en su transmigración a través de los estados alternos de aparición y de latencia, coexisten y se entrelazan en un exquisito vínculo armónico de interdependencia y de reciprocidad.
Esta percepción de la vida, amplia, abarcadora de la totalidad, nos invita a respirar hondo y a establecer, sin restricciones ni reservas, un intercambio pleno con la naturaleza magnánima y con el cosmos sideral. Pero parece que esto es algo demasiado remoto para el hombre de los tiempos modernos. De más está decir que ello se debe a que la civilización moderna ha cimentado sus bases en una concepción muy particular que ubica a la naturaleza en oposición al hombre. La naturaleza es, para la especie humana, un objeto al que se le debe hacer frente, dominar y conquistar. Podemos decir que la alienación y el aislamiento del mundo natural a los que se ha visto sometido el hombre provienen, por tanto, de la faceta demoníaca de su yo "fáustico".
Si queremos trazar un horizonte para la civilización del siglo XXI, nada hay tan apremiante como restaurar el vector que marca la concepción de la naturaleza y del universo, y en ello converge la opinión de numerosos eruditos. Por esta razón, en los últimos años, la palabra "coexistencia" se ha visto catapultada al centro del interés general como clave para el siglo que viene.
La visión del budismo plantea que el hombre guarda una relación indivisible con su entorno --y en él quedan incluidos tantos sus semejantes como la naturaleza y el universo.
En el cuerpo teórico de la filosofía budista, hay un principio muy pertinente para el análisis que nos ocupa, y es el de esho funi, o inseparabilidad entre el sujeto y su ambiente. En líneas generales, cabe decir que la contracción esho está compuesta por dos caracteres chinos. Uno de ellos se refiere al mundo objetivo, al medio circundante; el otro se aplica al ser humano, al sujeto. Funi significa "dos, pero no dos", es decir, elementos que guardan una relación de "inseparabilidad" y constituyen una unidad imposible de ser escindida. Así pues, la propuesta de este concepto fundamental en el budismo es considerar que el sujeto y el medio donde aquel se desenvuelve mantienen un vínculo interactivo, de compenetración y de armonía. Como es de conocimiento general, ésta es una de las modalidades de percepción más paradigmáticas del saber del "posmodernismo".
Según la perspectiva budista, la exquisita concordancia que entretejen el hombre y la naturaleza no se refiere a la clase de visión estática, sino que alude, más bien, a un mundo dinámico y vivaz, palpitante de energía creativa. Este dinamismo, amplio y abarcador, contiene íntegramente el ethos que antes mencioné y que deberíamos atesorar como legado de la civilización moderna: la energía activa encaminada hacia el progreso y la creación, el espíritu de desafío enfocado en abrir y en explorar nuevos horizontes.
Con respecto a esta relación dinámica que existe entre el hombre y el ambiente, un pasaje de los escritos budistas dice, en pocas palabras: "No puede haber ambiente sin un sujeto, aun cuando el sujeto sea sostenido por el medio que lo circunda".(9)
En primer lugar, me gustaría detenerme en la primera mitad de la cita que dice: "No puede haber ambiente sin un sujeto". Indudablemente, aunque nuestra vida fenezca, la existencia humana proseguirá su marcha. De la misma manera, y para manifestarlo en forma directa, el exterminio de la humanidad no significa el fin de la vida cósmica. Sin embargo, al afirmar categóricamente que el ambiente no puede existir sin un sujeto, cuando el sujeto abraza en su seno al propio medio circundante, este pasaje contiene mucho más que una simple descripción objetiva del carácter indivisible entre el hombre y su entorno. Mejor, expresa una resolución activa y subjetiva trazada sobre la base de una convicción religiosa. El budismo llama ichinen --determinación íntima y esencial de la vida-- al fundamento lógico sobre el cual se erige dicha resolución. El fragmento antes citado nos urge a expandir este ichinen, o "intencionalidad" profunda de la vida, hacia las dimensiones de un "yo superior" (taiga, en japonés), de alcance cósmico y capaz de trascender los límites de tiempo y espacio. Incluso, nos insta a superar el marco del "yo limitado" (shoga, en japonés) y a vivir conforme a esta identidad vasta y esencial; he aquí el modo más auténtico de existir, de acuerdo con tal determinación, que el budismo Mahayana denomina "camino del bodhisattva".
Sin embargo, si todo fuese cuestión de tomar una resolución subjetiva, estaríamos ante un solipsismo, ante un espiritualismo o, directamente, frente a una "egolatría fáustica". Obsérvese, en la parte final de la cita, una afirmación complementaria que parecería haberse adelantado a uno de los principios ecológicos más actuales: "...aun cuando el sujeto sea sostenido por el medio que lo circunda". En esta acotación se expone el sutil y delicado equilibrio que vincula a la vida subjetiva con el entorno objetivo. Esta visión del medio ambiente, positiva y armonizadora, atempera la voluntad resuelta de la primera mitad --"No puede haber ambiente sin un sujeto"-- y sublima la determinación poderosa en un ascenso dialéctico hacia la genuina senda de la convivencia, donde los seres humanos pueden mantener una relación de compenetración dinámica con su entorno.
Creo no ser el único en señalar una semejanza sorprendente entre este concepto de "inseparabilidad del sujeto y el ambiente" y la proposición medular de la filosofía de Ortega y Gasset, que postula: "Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo".(10)
Cuando Ortega afirma: "Yo soy yo y mi circunstancia" --al igual que la escritura budista sostiene "No puede haber ambiente sin un sujeto"--, ¿acaso no se advierte el propósito de expandir la vida hacia la dimensión amplia de un "yo superior"? Y cuando concluye: "...si no la salvo a ella, no me salvo yo" --así como la enseñanza del Budismo termina: "...aun cuando el sujeto sea sostenido por el medio que lo circunda"--, ¿no cabría vislumbrar un vector orientado a la convivencia interactiva?
Hay dos expresiones del pensamiento ibérico en las que creo reconocer el ethos de convivencia que fluye por las venas de España desde la época de los Grandes Viajes, indemne al paso de las centurias. Una es, nuevamente, de Ortega y Gasset y dice: "Civilización es, antes que nada, voluntad de convivencia".(11) Otra es del gran pensador Miguel de Unamuno y afirma: "El fuerte, el radicalmente fuerte, no puede ser egoísta: el que tiene fuerza de sobra, la saca para darla".(12) Esta vertiente integra el cauce esencial del "ser ciudadano del mundo", que, en su más íntima hondura, se superpone con la senda del bodhisattva, acuñada por el budismo Mahayana.
En tercer lugar, pasaré a referirme al "cultivo de la propia vida", uno de los puntos ciegos que la civilización moderna ha relegado al olvido.
La sociedad industrial de la Edad moderna ha venido corriendo en línea recta durante cientos de años, acuciada por dos consignas febriles: por un lado, la búsqueda de conveniencia y de eficacia; por el otro, el ansia de comodidades. El fruto de este impulso es el acopio de una riqueza sin precedentes en la civilización: para ser justos, el ciudadano medio de los países industrializados de hoy lleva una vida que ni aun los reyes y aristócratas de la Antigüedad habrían soñado con alcanzar, en lo que se refiere al progreso material. Es un hecho consabido que, en el trueque por la comodidad cotidiana, la sociedad moderna ha tenido que cargar con un sinfín de intrincadísimos problemas, que se agrupan en lo que se da en llamar el "trilema" de la civilización contemporánea:
1) Cómo mantener un desarrollo económico que permita mantener a una población en aumento constante.
2) Cómo resolver el agotamiento de recursos y de energía.
3) Cómo revertir el proceso de destrucción ambiental.
Pero más grave aún que este trilema ¿no es, acaso, el debilitamiento de la vitalidad, el deterioro del mundo interior, que terminó provocando la evolución de la sociedad industrial? En la Edad Moderna y, en especial, en el siglo XX, el cultivo interior ha quedado relegado a un segundo o tercer término, tal vez por la indolencia del hombre que, en aras de sumar comodidades y bienestar, adquirió el hábito de eludir las dificultades y de aplicar en todo el mínimo esfuerzo.
No es un desatino pensar que los países del ex bloque socialista estén padeciendo la gravosa consecuencia de haber hecho a un lado el acendramiento interior. En el transcurso de las conversaciones con el ex presidente de la Unión Soviética, Mijaíl Gorbachov --que se está publicando en un difundido mensuario del Japón--, él señala reiteradas veces este error de los regímenes radicalizados. "El radicalismo es tan pertinaz como la tentación de hacer reduccionismos simplistas de las cosas. ¿Cuántas amarguras han experimentado los hombres del siglo XX, debido a la simpleza y a la obsesión de buscar fórmulas mágicas para resolver de una vez y para siempre todos los aprietos y todas las urgencias?". En otro capítulo, afirma: "Creo que hay un error en la idea fundamental de los siglos XIX y XX, según la cual la acción radical y revolucionaria asegura la reforma y el progreso". Comparto enteramente su punto de vista.
Viene a mi mente una sentencia de Goethe, sagaz y estricto observador de la Revolución Francesa a lo largo de su desarrollo: "Todo cuanto emancipa nuestro espíritu, sin darnos el dominio de nosotros mismos, es pernicioso".(13)
El proceso de adquirir disciplina basada en una determinación autónoma es, dicho en otros términos, el cultivo del ser interior. El temor de descuidar el acendramiento interior y de privilegiar los cambios en el plano de los sistemas ha sido una preocupación común, tanto a Edmund Burke (1729-1797) --respecto de la Revolución Francesa-- como a Alexis de Tocqueville (1805-1859) --en cuanto a la revolución norteamericana--; tanto al Mahatma Gandhi (1869-1948) --respecto de la revolución rusa-- como a Sun Wen (1866-1925) --en cuanto a la revolución china. De modo que hoy, el materialismo, el culto al dinero y el desmoronamiento de la ética, ubicuos en la sociedad humana de fin de siglo, no sólo plagan a los países socialistas, sino a los que se han regido por las reglas del libre mercado. Lo cual demuestra que los temores de aquellos grandes hombres no eran, de ningún modo, voces de alarma infundadas. En fin, la época del "señorito satisfecho"(14), que preocupaba a Ortega y Gasset hace más de sesenta años, se refiere justamente a nuestros días.
Desde antaño, el budismo ha adjudicado un valor esencial al cultivo y a la disciplina de la vida interior: a modo de ilustración, baste con recordar que el "ejercicio de la perseverancia" figura entre los pilares de la práctica budista, tal como reflejan las últimas palabras con que Shakyamuni se despidió del mundo: "Perfeccionad vuestra práctica sin negligencia". Y para dar cabal idea de este punto, me permito citar algunos pensamientos de Nichiren: "El hierro se convierte en una magnífica espada cuando se lo forja entre las llamas"(15); "Hasta un espejo percudido brilla como una gema, si se lo pule y se lo lustra. Una mente nublada por las ilusiones que se originan en la oscuridad fundamental de la vida es como un espejo percudido, pero, cuando se la pule, se vuelve clara y refleja la iluminación de la verdad inmutable. Haga brotar una fe profunda y pula su espejo día y noche, con ahínco y esmero"(16); "El Sutra del Loto es como la semilla, el buda es como el labrador, y las personas son como el campo".(17)
Por último, quisiera solicitar su atención sobre el siguiente aspecto: Nótese que se exhorta al cultivo y a la forja del mundo interior a través de aludir a ejemplos concretos, como la espada y el espejo, el campo y la cosecha. A diferencia de la escritura, la labor agrícola y el trabajo manual se caracterizan por transcurrir en un mundo donde la menor omisión, el menor descuido, bastan para estropear todo el producto final; el suyo es un mundo donde no se justifica la negligencia y donde no se sabe de astucias ni de engaños.
Se dice, incluso, que una actividad prosaica y cotidiana como la plantación del arroz requiere, efectivamente, un procedimiento que consta de ochenta y ocho pasos; uno solo que falte es suficiente para arruinar el cultivo. El arte de la espadería sigue la misma lógica; la antigua técnica para bruñir espejos de metal se regía por una idéntica exigencia. Por lo tanto, es totalmente razonable que la tarea del cultivo interior obedezca a un razonamiento análogo, ya que la negligencia, la astucia y el engaño frustrarían por completo todo propósito genuino de "autodisciplina".
Sin embargo, el "señorito satisfecho", hijo de la civilización moderna, ha dado por tierra con esta lógica y, por el contrario, de tanto procurar la comodidad, el resultado fácil y el provecho con un mínimo esfuerzo, acabó por representar la antítesis de "la faena hercúlea de las auténticas aristocracias",(18) al decir de Ortega y Gasset.
¿Y qué imagen nos muestra el mundo actual? En los países del viejo socialismo --como cabría esperar-- y en las naciones alineadas con el mercado libre --en teoría, los ostensibles vencedores--, se ha cernido una suerte de "gran interregno filosófico", signado por el cinismo y por el culto al dinero. Y el contraste es ineludible: sobre ese frágil mundo interior, velado por la gris ausencia del acendramiento profundo, se superpone el trágico mundo exterior del siglo XX, escenario de holocaustos antes insospechados. Por esa razón, izamos con bravura el estandarte de la "revolución humana", sinónimo del acendramiento de la vida, y proseguimos nuestra gesta rumbo a la aurora de un nuevo siglo del hombre.
Señor Presidente, señoras y señores, de este modo, me he permitido resumir en tres puntos las condiciones que, a mi entender, resultan esenciales para la edificación del siglo XXI: primero, la "autodisciplina" basada en la determinación autónoma; segundo, la convivencia armoniosa; tercero, el cultivo interior. Que sean o no un rayo de esperanza capaz de alumbrar la agonía de Fausto en el purgatorio es algo que sólo puedo confiar al juicio de la historia. Lo cierto, empero, es que no podremos dar dos pasos ni mil hasta que no demos el primero. Como budista y coetáneo de ustedes en esta historia de tribulaciones, sostengo la firme determinación de consagrarme hasta el límite de mi capacidad, con el sudor de mi frente y la fibra de mi ser, a esta inédita labor precursora, junto a todos ustedes.
Para dar fin a estas palabras, me siento movido a citar un fragmento de la grandiosa herencia espiritual española, Don Quijote de la Mancha: "Pero el Andante Cavallero busque los rincones del mundo, entrese en los mas intrincados laberintos, acometa a cada paso lo imposible, resista en los paramos despoblados los ardientes rayos del sol en la mitad del verano, y en el invierno la dura inclemencia de los vietos y de los yelos,...".(19)
Muchas gracias por su considerada atención.
Notas
(8) MENENDEZ PIDAL, Ramón: Los españoles en la historia, Espasa-Calpe, Colección Austral, Madrid, 1991, pág. 83.(9) HORI, Nichiko (editor): Nichiren Daishonin Gosho Zenshu (Obras completas de Nichiren Daishonin), Soka Gakkai, Tokio, 1952, pág. 1140.
(10) ORTEGA Y GASSET, José: Obras Completas, "Meditaciones del Quijote", Tomo I, Revista de Occidente, Madrid, 1957, pág. 322.
(11) ORTEGA Y GASSET, José: Obras Completas, "La rebelión de las masas", Tomo IV, Revista de Occidente, Madrid, 1957, pág. 191.
(12) UNAMUNO, Miguel de: En torno al casticismo, Espasa-Calpe S.A., Madrid, 1961, pág. 46.
(13) GOETHE, Johann W.: Obras Completas, Ediciones Aguilar, Madrid, 1963, Tomo I, pág. 386.
(14) ORTEGA Y GASSET, José: Obras Completas, "La rebelión de las masas", Tomo IV, Revista de Occidente, Madrid, 1957, pág. 207.
(15) HORI, Nichiko (editor): Nichiren Daishonin Gosho Zenshu (Obras completas de Nichiren Daishonin), Soka Gakkai, Tokio, 1952, pág. 958.
(16) Ib., pág. 384.
(17) Ib., pág. 1056.
(18) ORTEGA Y GASSET, José: Obras Completas, "La rebelión de las masas", Tomo IV, Revista de Occidente, Madrid, 1957, pág. 150.
(19) CERVANTES, Miguel de: Don Quijote de la Mancha, Facsímil de la primera edición, Edición de la Real Academia Española, Tomo II, Madrid, 1976, pág. 64.

